Constelaciones familiares: opiniones y testimonio tras mi terapia

Sobre mí

Nací en una familia marcada por la violencia psicológica, con un progenitor perverso narcisista, y durante 36 años tuve que enfrentarme a relaciones tóxicas. Esa intensa prueba de vida fue el catalizador de mi transformación interior, en la que las constelaciones familiares resultaron decisivas. Quien busque «constelaciones familiares opiniones» encontrará aquí la mía, de primera mano. Hoy vivo mi mejor vida: libre, alineada y plena.

Apasionada desde siempre por la psicología, primero me desarrollé en el mundo de las finanzas durante más de 10 años. Ocupé puestos de alta responsabilidad, entre ellos el de directora general, al frente de equipos de más de 200 personas. Esa trayectoria me permitió comprender que la psicología humana es una palanca fundamental del liderazgo y del éxito colectivo.

En 2019 fundé BK SEO MARKETING, una agencia especializada en posicionamiento web, marketing digital y estrategia de marca, en paralelo a mi trabajo artístico, que inicié en 2023. Mi experiencia también se fue construyendo a lo largo de los años en Admirals y XTB, donde dirigí las ventas en el mercado europeo y francés dentro del universo del trading y las finanzas.

¿Quieres liberarte de esta influencia?

Hoy dedico gran parte de mi energía a la sensibilización sobre la perversión narcisista, una lacra silenciosa y todavía demasiado desconocida. A través de mi sitio perversnarcissique.org y de mi canal de YouTube Je M’Aime Maintenant, comparto mi experiencia y ofrezco recursos para ayudar a las víctimas a salir del dominio y recuperar su poder personal. Estoy convencida de que esta problemática representa un verdadero reto de salud pública que afecta, en distintos grados, a millones de personas.

Mi mensaje es sencillo: no estás solo(a). Es posible liberarse, sanar y reconstruir una vida llena de paz, amor y armonía. Lo que viví, lo he trascendido. Lo que aprendí, lo transmito. Porque sí, una vida sin narcisista es posible, y empieza hoy.

Cuando todo se derrumba: el divorcio que destapó el abuso narcisista

En 2021, cuando creía que simplemente estaba pasando una página dolorosa de mi vida al iniciar un procedimiento de divorcio, todo mi mundo se vino abajo. Pensaba que esa decisión por fin me traería un poco de paz. Pero, en lugar de eso, descubrí lo que había entre bastidores: mi propia familia se alzó contra mí, como un muro compacto y frío. Un muro que nunca antes había visto con tanta claridad.

Estaba sola, incomprendida, juzgada. Y, sobre todo, empecé a poner palabras a lo que llevaba años viviendo sin saberlo: la perversión narcisista. Hasta entonces, ese término me era ajeno. Pero a través de los comportamientos de mi expareja, y después de los de mis allegados, abrí los ojos ante una realidad escalofriante: estaba rodeada de personalidades tóxicas, manipuladoras, perversas. Toda mi vida había dado, aguantado, hecho esfuerzos para que me quisieran, me aceptaran, me reconocieran. En realidad, estaba bajo dominio desde la infancia.

Aquel divorcio fue el punto de partida de un tsunami emocional. La violencia psicológica no tardó en volverse física. Mi ex fue condenado en varias ocasiones y la justicia dictó medidas de alejamiento para protegerme. Pero el daño ya estaba hecho. Estaba destrozada.

Tuve que dejar de trabajar durante casi dos años. Yo, que siempre había sido activa, eficiente, responsable —en mi carrera, en mi familia, en todo—, ya no tenía fuerzas. El acoso incesante, la presión familiar, las traiciones y las batallas judiciales me habían vaciado. Desde muy pequeña había trabajado para una familia disfuncional y cargado con pesos que no eran míos. Aquello ya no era vida. Estaba agotada, al borde del abismo, pero por fin había comprendido.

Comprendido que no estaba loca. Comprendido que lo que vivía no era normal. Comprendido que merecía algo mejor.

En un momento dado me di cuenta de que, si seguía por ese camino, aquello no acabaría nunca. Vivía en un círculo vicioso, atrapada en patrones recurrentes que me mantenían prisionera de mi propio sufrimiento. Tomé distancia, reflexioné a fondo y, por fin, llegó la toma de conciencia: yo no era lo que me habían hecho creer. Durante años me había visto como «menos inteligente», «más ingenua», convencida de estar por debajo de la media, cuando en realidad tenía altas capacidades. Me habían condicionado para pensar que era inferior, que mi valor dependía de mi capacidad de sacrificarlo todo por los demás. Toda mi vida había creído que era la única responsable de mis fracasos, que algo fallaba en mí. Pero todo eso era mentira. Desperté a la dura realidad: mi matriz —mi familia, mi entorno, las creencias que me habían impuesto desde la infancia— estaba podrida. Me habían encerrado en una visión deformada de mí misma y del mundo. Fue un golpe, pero también una liberación. Por fin comprendí que no estaba loca y que mi sufrimiento no era el reflejo de una debilidad, sino de una manipulación sistemática.

Un trabajo intensivo sobre mí misma: mi transformación psicológica y física

Ante esa toma de conciencia, decidí emprender un trabajo sobre mí misma a tiempo completo. La psicología siempre me había fascinado, sin que llegara a darme cuenta de que, desde muy pequeña, intentaba comprender el mundo que me rodeaba, un mundo que no parecía tener sentido. En mi trabajo siempre había utilizado la psicología para entender los comportamientos de los demás y las dinámicas humanas, pero no sabía que en este mundo existen auténticos depredadores. Ahí fue cuando todo cambió. Me lancé a un proceso terapéutico intensivo y acudí a un psicólogo especializado en perversión narcisista tres veces por semana durante los periodos más difíciles. También exploré regresiones a vidas pasadas e inicié un trabajo profundo con constelaciones familiares. Esas experiencias me permitieron desmontar patrones inconscientes y comprender mecanismos que habían moldeado mi vida hasta entonces. Al mismo tiempo, decidí cuidar mi cuerpo: retomé el deporte, lo que me permitió perder 30 kg. Y, más allá de la transformación física, entendí que mi peso no era solo una cuestión de metabolismo: era una carga psicológica, un reflejo de todo lo que llevaba años soportando. Este trabajo sobre mí misma, en todos los niveles, me permitió reconstruirme y recuperar un equilibrio que creía perdido para siempre.

¿Qué son las constelaciones familiares? Una revelación y una profunda toma de conciencia

Un día, mi prima me habló de las constelaciones familiares, una terapia que cambió radicalmente mi visión de la vida. Al principio no estaba convencida, pero sentía una necesidad profunda de comprender lo que de verdad ocurría en mi familia, de desenredar los misterios y los sufrimientos que parecían repetirse. Cuando por fin decidí probar, fue una revelación. Ver la pena profunda de mi familia, la tristeza absoluta de mi padre, me conmovió hasta lo más hondo. Los nudos familiares que había ignorado o malinterpretado durante años surgieron ante mí con gran intensidad. Tomé conciencia de cómo los patrones y los secretos transmitidos de generación en generación influían en mis decisiones, en mis relaciones y en mi percepción del mundo. Pero ese proceso también hizo aflorar en mí una gran ira. Estaba furiosa, no solo por descubrir todo lo que había soportado sin saberlo, sino también por tomar conciencia de que ciertas heridas se transmitían de forma involuntaria y sin que yo pudiera escapar de ellas. Fue una etapa difícil, pero también un paso inmenso hacia la sanación.

Mi encuentro con Laura Ghita: una terapia individual transformadora

En mi búsqueda por comprender mejor las dinámicas familiares, decidí seguir un curso de formación en constelaciones familiares impartido por Laura Ghita, psicóloga especializada en este enfoque. Era consciente de que tenía que inscribirme sin falta en esa formación para trabajar sobre mí misma y salir más rápido de ese trabajo interior que parecía no tener fin. En aquel momento sentía la necesidad urgente de reconectar con la realidad. Tenía la impresión de no acabar nunca con las terapias, con el trabajo constante sobre mis heridas, y empezaba a estar agotada. Tenía tres hijos a mi cargo, ninguna familia que me ayudara y batallas judiciales incesantes con mi expareja. Sabía que no podía quedarme autoanalizándome eternamente, leyendo libros de psicología sin parar. Para mí era crucial volver a la vida activa, salir de ese círculo vicioso de trabajo interior para, por fin, recuperar un equilibrio práctico y realista. Laura fue una verdadera guía en ese periodo, y su programa me permitió comprender y tratar mejor mis patrones familiares mientras me preparaba para retomar las riendas de mi vida de una manera más concreta y realista.

El primer módulo en Bucarest: una constelación familiar tan terapéutica como iniciática

Fue en el primer módulo de formación en constelación familiar cuando experimenté por primera vez las constelaciones en grupo, en Bucarest. Esos viajes fueron, en sí mismos, una parte esencial de mi transformación. Aunque ganaba casi tres veces más que mi expareja, nunca era yo quien organizaba los desplazamientos ni la logística del día a día. Siempre era él quien se encargaba de todo lo relacionado con los viajes o las salidas. Así que verme organizando sola mis desplazamientos, comprando un billete de avión, reservando alojamiento, orientándome en una ciudad… a los 37 años, puede parecer algo sin importancia, pero para mí era como hacer todo eso por primera vez. Y me puso frente a una forma de independencia que nunca había conocido de verdad.

Durante los 14 años de relación, nunca había invertido en formaciones ni en desarrollo personal. Todo giraba en torno a los demás, nunca en torno a mí. Y de pronto me veía teniendo que hablar en público de mis heridas, exponer mi intimidad emocional ante desconocidos. Al principio fue extremadamente incómodo: estaba tensa, a disgusto, casi avergonzada. Pero también descubrí una forma de libertad y de solidaridad poco común. No estaba sola. Y con el paso de los días, esos círculos de trabajo se convirtieron en espacios de sanación profunda, donde los lazos del corazón por fin se imponían a las heridas del pasado.

Cómo funcionan las constelaciones familiares: los ejercicios de miniconstelaciones

Durante las primeras sesiones de miniconstelaciones, algo en mí se resistía con todas sus fuerzas. Mi ego no quería soltar, lloraba sin poder controlarme, era demasiado duro. En un momento dado incluso pensé en tirar la toalla, en abandonarlo todo. A pesar de los dos años de trabajo intenso sobre mí misma, me sentía en carne viva, como si cada ejercicio me tocara en lo más profundo de las entrañas. Y, sin embargo, con la perspectiva del tiempo, puedo decir que fue de una eficacia increíble.

Esos ejercicios me enseñaron a no mezclar las energías, a respetar los límites entre los distintos enfoques terapéuticos y, sobre todo, a trabajar únicamente dentro del sistema familiar. Era la primera vez que comprendía de verdad qué es una representación simbólica, cómo circula la energía entre los miembros de un mismo sistema, incluso sin palabras. Al cabo de esos cinco días de formación intensiva, volví a París agotada físicamente, pero con el corazón cargado de nuevas comprensiones.

Ya no estaba sola. Lo que yo vivía, otras personas también lo vivían, con sus matices, sus dolores, sus historias. Los ejercicios me habían abierto un universo totalmente nuevo, una nueva imagen de mí misma, hecha de capas, de dimensiones olvidadas: mi alma, mi corazón, mi niña interior, pero también mi linaje, mi familia, mis padres. Era como si cada pieza del rompecabezas ocupara por fin su lugar, despacio, con dolor, pero con claridad.

Para qué sirven las constelaciones familiares: comprensiones e integración módulo a módulo

A medida que avanzaban las formaciones, los viajes a Bucarest se volvieron cada vez más naturales, casi ligeros. Yo, que al principio no me atrevía a hacer las cosas sola, me sorprendí disfrutando de esos momentos solo para mí. Viajar sola, pasear por las calles, ir de compras, reencontrarme con amigas queridas, reconectar con personas a las que quiero allí… Se había convertido en un paréntesis de dulzura en medio de toda aquella travesía interior.

En el marco de la formación también trabajábamos en pequeños grupos cada semana, y en cada sesión surgían comprensiones profundas. Los ejercicios de constelaciones se convirtieron en una brújula en mi vida cotidiana: trabajaba con cartulinas, sentía las energías a mi alrededor, depositaba intenciones en el campo… Incluso en mi papel de madre empecé a comprender mejor a mis hijos, a captar lo que el campo de información me transmite a través de ellos. Me volví más presente, más encarnada en mi propia vida.

Pero este camino no estuvo exento de costes. El año 2024 fue intenso, jalonado de viajes regulares a Rumanía, en paralelo a mis sesiones con un psicólogo. Quería avanzar de verdad, limpiar los traumas de mi infancia. En mi cabeza, si había hecho el inmenso sacrificio de cambiar de vida, no era para quedarme bloqueada en el dolor, sino para vivir una vida mejor, más luminosa que la de antes. Mi infancia había sido un auténtico infierno. Cuando empecé a trabajar sobre mí misma, llegaba a llorar hasta diez veces al día, desbordada por recuerdos dolorosos que mi mente había enterrado. Durante años me había centrado únicamente en triunfar, ganar dinero, sobrevivir. Pero ahora se trataba de vivir, de verdad, de repararme desde la raíz.

Familia narcisista: sentimientos intensos y revelaciones profundas

Al comienzo de este recorrido, la rabia me invadía. Una ira sorda, ardiente, dirigida contra todo: mi familia, mi pasado, las injusticias y, sobre todo, esa sensación de haber sido la víctima designada de mi sistema familiar. No quería oír nada, ni disculpas ni justificaciones. No quería comprender en absoluto cómo, a mi pesar, saboteaba mi propia vida, cómo seguía repitiendo patrones destructivos por deber filial, por lealtad invisible a un sistema que me había herido. Solo quería acabar con esa herencia, hacer borrón y cuenta nueva, huir de ese linaje que tanto daño me había hecho.

Pero las constelaciones familiares no mienten. Van a buscar allí donde la mente no tiene acceso y sacan a la luz mecanismos inconscientes de una precisión temible. Mi cerebro, acostumbrado a analizarlo todo, a buscar soluciones lógicas, no conseguía seguir el ritmo. No entendía por qué no lograba «recibir», por qué algunas representaciones me dejaban vacía y otras me agotaban. Veía claramente que algo estaba en juego, pero no conseguía ponerle palabras.

Y entonces, un día, lo vi… Hasta qué punto, a pesar del odio que creía sentir, seguía apegada emocionalmente a mis padres. Como si esa rabia no fuera más que la máscara de mi trauma, el vínculo invisible que todavía me unía a ellos a través del dolor. Mentalmente quería huir de ellos, cortar los lazos para siempre. Pero, en el fondo, mi niña interior seguía reclamando reparación, amor, reconocimiento. Y mientras no mirara esa verdad de frente, seguía atrapada en el sistema, incapaz de salir de él libre.

Me elegí a mí misma, de verdad

Ese trabajo profundo en el campo de las constelaciones familiares acabó desplegando sus efectos mucho más allá de las sesiones. Toda mi vida había sido un carrusel incesante, un caos orquestado por manipuladores. Mi nueva pareja, que se aliaba con mi ex. Mi ex, que multiplicaba los procedimientos judiciales absurdos y recurría a todos los órganos del Estado sin fundamento, únicamente para agotarme. Abogados que pagar, expedientes que preparar, y siempre yo en medio, sola para defenderme a mí y a mis hijos.

Pero, a pesar de todo ese tumulto, algo en mí se apaciguó. Mes tras mes, sentí que la tormenta se alejaba o, mejor dicho, fui yo quien eligió no volver a entrar en ella. Las locuras de los narcisistas se las dejé a ellos. Los traumas de mis padres se los devolví a quienes pertenecen. Por primera vez en mi vida, me elegí a mí misma. De verdad.

En enero de 2025, durante una constelación dedicada a mi familia, crucé un umbral. Devolví simbólica y psicológicamente a mis padres lo que les pertenecía y tomé una decisión profunda: vivir feliz. Sin cadenas invisibles. Sin el peso de las heridas ajenas. Cristina había vuelto. La que llamaban «la jefa». La que dirigía su vida. Y ese carrusel tóxico en el que había dado vueltas durante años, lo dejé para siempre.

Ni siquiera sé cómo hice para no perder los estribos. Pero lo que sí sé es que se acabó.

Constelaciones familiares: opiniones y balance tras la tormenta, cuando vuelve la luz y recupero mi verdadera naturaleza

En el módulo de abril de 2024 tomé conciencia de algo profundo en mí. Hacía ya algún tiempo que no estaba cansada; estaba llena de energía, por primera vez en mucho tiempo. Vi con claridad la diferencia entre la Cristina del principio, la que llevaba dentro un dolor inmenso y lloraba a menudo, y la Cristina de antes de que mi vida diera un vuelco… pero en versión mejorada. Más independiente, liberada de las personas tóxicas, más constructiva, más serena, más estable.

Desde el primer módulo se me impuso una reflexión: «Aunque hubiera pagado mucho más, este trabajo habría merecido la pena por lo lleno de sentido que está». La terapia de constelaciones familiares es, sin lugar a dudas, la más transformadora que he hecho para mis traumas. Al mismo tiempo, también me abrí a la espiritualidad y empecé a llevar una vida completamente distinta. Me convertí en artista, con una actividad floreciente en torno a la psicología y una presencia viral en TikTok, sin dejar mi actividad en las finanzas.

Mi niña interior ha vuelto a ser vivaz, alegre. Sigo con mi camino personal, pero hoy las comprensiones y las descodificaciones son más sencillas. Con los compañeros del curso de constelaciones nos vemos cada semana, y el trabajo va a fondo. Este proceso me ha ayudado a estabilizarme de forma duradera. Trabajar con representaciones me permitió comprender que mis males no eran solo míos. Al observar las historias de otras familias, sus similitudes o sus diferencias con la mía, encontré un espacio de aprendizaje, de compasión y de valiosas revelaciones.

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